
Es clave fundamental en nuestra mirada enfermera tener bien graduadas las gafas para no desenfocar.
Don Jose tiene mal carácter, es desagradable, grosero, irritante, lleva mucho tiempo en la planta con nosotras, demasiados meses, pero ¡no se acostrumbra a las normas!, protesta por todo, nada le viene bien y nada se hace a su agrado.
La verdad es que ha tenido mala suerte, no han salido bien las cosas y todo se ha complicado, aquí sigue, solo, casi nadie viene a verlo. Se han hecho muchas cosas por él, incluso una ONG viene algunos días a visitarlo y a sacarlo de paseo a la puerta del Hospital y vuelta a la habitación, sólo, primero porque había orden médica y ahora nadie lo sabe, supongo que porque es insufrible. A todas nos trata mal, es insoportable y estamos muy cansadas, ¡¡¡le vamos a poner una reclamación como él nos pone a nosotras todas las semanas!!!.
Una mañana a la hora del desayuno llegó al estar de enfermería una noticia sobre don José, corrió como la pólvora, nos quedamos mudas, sin palabras, nos miramos en silencio, cerramos los ojos, nos llevamos las manos a la cabeza ¡¡¡cómo hubieran cambiado nuestras ACTITUDES si hubieramos sabido lo que sabíamos ahora!!!
Cambiaron nuestras formas en la habitacion 304, pequeñas cosas, llamábamos a la puerta, saludábamos al entrar, sonreíamos, le visitábamos a menudo aunque no llamara al timbre... Don José siguió con su mal carácter, sin visitas, pero... algo cambió en nosotras y poco a poco en él.
Aún sigue con nosotras.
Entenderéis que no puedo desvelar el SECRETO de don José (que seguro reconocéis cercano) pero os contaré otra historia del libro "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva" de Stephen R. Covey para que entendáis porque tenemos que cambiarnos las GAFAS para que nuestra MIRADA ENFERMERA no desenfoque.

Era domingo por la mañana en el metro de Nueva York. La gente estaba tranquilamente sentada, leyendo el periódico, perdida en sus pensamientos o descansando con los ojos cerrados. La escena era tranquila y pacífica.
Entonces, de pronto, entraron en el vagón un hombre y sus hijos. Los niños eran tan alborotadores e ingobernables que de inmediato se modificó todo el clima.
El hombre se sentó junto a mí y cerró los ojos, en apariencia ignorando y abstrayéndose de la situación. Los niños vociferaban de aquí para allá, arrojando objetos, incluso arrebatando los periódicos de la gente. Era muy molesto. Pero el hombre sentado junto a mí no hacía nada.
Resultaba difícil no sentirse irritado. Yo no podía creer que fuera tan insensible como para permitir que los chicos corrieran salvajemente, sin impedirlo ni asumir ninguna responsabilidad. Se veía que las otras personas que estaban allí se sentían igualmente irritadas. De modo que, finalmente, con lo que me parecía una paciencia y contención inusuales, me volví hacia él y le dije: «Señor, sus hijos están molestando a muchas personas. ¿No puede controlarlos un poco más?».
El hombre alzó los ojos como si sólo entonces hubiera tomado conciencia de la situación, y dijo con suavidad: «Oh, tiene razón. Supongo que yo tendría que hacer algo. Volvemos del hospital donde su madre ha muerto hace más o menos una hora. No sé qué pensar, y supongo que tampoco ellos saben cómo reaccionar».
¿Puede el lector imaginar lo que sentí en ese momento? Mi paradigma cambió. De pronto vi las cosas de otro modo, y como las veía de otro modo, pensé de otra manera, sentí de otra manera, me comporté de otra manera. Mi irritación se desvaneció. Era innecesario que me preocupara por controlar mi actitud o mi conducta; mi corazón se había visto invadido por el dolor de aquel hombre.
Libremente fluían sentimientos de simpatía y compasión. «¿Su esposa acaba de morir? Lo siento mucho... ¿Cómo ha sido? ¿Puedo hacer algo?»
Todo cambió en un instante.







